“En el principio”. No es
posible mayor descripción. No había nada que no fuera “vacuo y vacío”, así en
la tradición judeo cristiana como en la tradición tolkieniana. Eru convocó a los primeros nacidos, ya que su
voluntad era servirse de ellos para alumbrar la realidad que nos atañe: Arda. Y
los Ainur construyeron la música y con la misma, Eru dijo “Hágase”, y todo fue
hecho. El Paraíso acababa de ser presentado a los ojos admirados de los ángeles.
Algunos de ellos, quizá por la envidia que les produjo considerar el amor de
Eru por los hijos que habrían de llegar, estorbaron la felicidad y belleza del
Paraíso, e introdujeron la fealdad. Melkor, disfrazado de serpiente, se encargó
desde ese principio en inocular la realidad de malicia y sospecha, consiguiendo
en los eldar -antes, en los elfos- un sentimiento de rebeldía incompatible con
la felicidad verdadera.

La historia que sigue es
maravillosa. Responde al amor de Eru y a la libertad concedida a los hombres en
los innumerables siglos que sucedieron desde el inicio. Claro que narrarlo
supuso un esfuerzo heroico. Centenares de páginas y pruebas hasta alcanzar el
modo y la forma convenientes.
La Biblia y el imaginario
de Tolkien, desarrollado en las múltiples páginas de sus obras (acabadas o
inconclusas), no son proyectos de la misma naturaleza: el primero es divino,
confiando a unos hombres que debían trasmitirlo; el segundo, obra de amor al
relato, a la lengua y al hombre, realizado por un creador humano que contó con
su hijo como continuador. Sin embargo, el resultado es semejante, como
semejante es la inspiración que fecundó el relato tolkieniano. De ahí que
atraiga fuertemente e inspire a otros creadores. La motivación, no obstante, no
podemos decir que fuera siquiera similar.
Al donarse mediante la
Escritura, Dios quiso darse a sí mismo, de tal manera que el envío de su
Palabra fue la culminación de la tarea iniciada en los albores de la existencia
histórica. Sin pretender realizar siquiera una comparación válida, es posible
sin embargo ponerlas en referencia: la creación lingüística llevada a cabo por
Tolkien está motivada por intereses trascendentes: mostrar a la humanidad que
es posible el Bien; que este se realiza con la necesaria intervención humana;
que el sentido de trascendencia es ínsito a la naturaleza de las cosas,
especialmente a la acción humana; que valores como la amistad, la fraternidad,
la solidaridad, la vida, la familia no son ficciones sociales sino componentes
necesarios de la realidad, si se quiere comprenderla convenientemente. Que aún no todo está completo, y que conviene
involucrarse en la gran causa humana y divina de la Historia.

La misma Literatura, la
música, la danza, la orfebrería, la pintura, la actuación teatral, el drama,
diversas artesanías; y la interpretación filosófica, teológica, cultural, se
han beneficiado con el conjunto de la creación de Tolkien. Y esto apenas
empieza. Como el mundo, el imaginario de Tolkien se desarrolla a lo largo del
tiempo, provocando magníficos frutos artísticos y culturales, el primero de los
cuales deberá ser la excelencia humana.
El pretencioso título de
estas líneas quiere hacer notar, no desde una perspectiva biográfica -mucho
habrá que decir al respecto- sino interpretativa, la relación entre el Autor de
la realidad y este hombre, excelente cocreador, eximio colaborador de Dios en
cuanto a la conformación del sentido de todo lo creado.
Fantaseando, hasta
podríamos imaginar una amigable charla entre el Creador y Tolkien, en la que
este le contara que “en el principio todo estaba vacuo y vacío; Ilúvatar vino a
llenar los espacios y dijo Ea, y todo fue hecho”. La complacida mirada de Dios
lo diría todo.