jueves, 17 de marzo de 2022

La amistad entre Dios y Tolkien

 

“En el principio”. No es posible mayor descripción. No había nada que no fuera “vacuo y vacío”, así en la tradición judeo cristiana como en la tradición tolkieniana.  Eru convocó a los primeros nacidos, ya que su voluntad era servirse de ellos para alumbrar la realidad que nos atañe: Arda. Y los Ainur construyeron la música y con la misma, Eru dijo “Hágase”, y todo fue hecho. El Paraíso acababa de ser presentado a los ojos admirados de los ángeles. Algunos de ellos, quizá por la envidia que les produjo considerar el amor de Eru por los hijos que habrían de llegar, estorbaron la felicidad y belleza del Paraíso, e introdujeron la fealdad. Melkor, disfrazado de serpiente, se encargó desde ese principio en inocular la realidad de malicia y sospecha, consiguiendo en los eldar -antes, en los elfos- un sentimiento de rebeldía incompatible con la felicidad verdadera.

La historia que sigue es maravillosa. Responde al amor de Eru y a la libertad concedida a los hombres en los innumerables siglos que sucedieron desde el inicio. Claro que narrarlo supuso un esfuerzo heroico. Centenares de páginas y pruebas hasta alcanzar el modo y la forma convenientes.  


La Biblia y el imaginario de Tolkien, desarrollado en las múltiples páginas de sus obras (acabadas o inconclusas), no son proyectos de la misma naturaleza: el primero es divino, confiando a unos hombres que debían trasmitirlo; el segundo, obra de amor al relato, a la lengua y al hombre, realizado por un creador humano que contó con su hijo como continuador. Sin embargo, el resultado es semejante, como semejante es la inspiración que fecundó el relato tolkieniano. De ahí que atraiga fuertemente e inspire a otros creadores. La motivación, no obstante, no podemos decir que fuera siquiera similar.

Al donarse mediante la Escritura, Dios quiso darse a sí mismo, de tal manera que el envío de su Palabra fue la culminación de la tarea iniciada en los albores de la existencia histórica. Sin pretender realizar siquiera una comparación válida, es posible sin embargo ponerlas en referencia: la creación lingüística llevada a cabo por Tolkien está motivada por intereses trascendentes: mostrar a la humanidad que es posible el Bien; que este se realiza con la necesaria intervención humana; que el sentido de trascendencia es ínsito a la naturaleza de las cosas, especialmente a la acción humana; que valores como la amistad, la fraternidad, la solidaridad, la vida, la familia no son ficciones sociales sino componentes necesarios de la realidad, si se quiere comprenderla convenientemente.  Que aún no todo está completo, y que conviene involucrarse en la gran causa humana y divina de la Historia.








La misma Literatura, la música, la danza, la orfebrería, la pintura, la actuación teatral, el drama, diversas artesanías; y la interpretación filosófica, teológica, cultural, se han beneficiado con el conjunto de la creación de Tolkien. Y esto apenas empieza. Como el mundo, el imaginario de Tolkien se desarrolla a lo largo del tiempo, provocando magníficos frutos artísticos y culturales, el primero de los cuales deberá ser la excelencia humana.









El pretencioso título de estas líneas quiere hacer notar, no desde una perspectiva biográfica -mucho habrá que decir al respecto- sino interpretativa, la relación entre el Autor de la realidad y este hombre, excelente cocreador, eximio colaborador de Dios en cuanto a la conformación del sentido de todo lo creado.

Fantaseando, hasta podríamos imaginar una amigable charla entre el Creador y Tolkien, en la que este le contara que “en el principio todo estaba vacuo y vacío; Ilúvatar vino a llenar los espacios y dijo Ea, y todo fue hecho”. La complacida mirada de Dios lo diría todo.

 


viernes, 11 de marzo de 2022

¿Fin de pandemia?

 No tengo claro si realmente hemos vivido o estamos viviendo una. Sin embargo, a estas alturas creo que estamos de acuerdo en que la vida debe seguir. Si nos atenemos, además, al criterio con el que nos enseñó el maestro Tolkien a tomarnos los acontecimientos de la historia personal, conviene que cerremos el capítulo e iniciemos otro. Por eso me acerco otra vez a Almadia, con unas ideas que me sirvieron mucho y espero les sirvan también al lector. Se trata de lo que puede decirse acerca de la antropología subyacente en El Señor de los Anillos, y en general en toda la creación tolkieniana.

Un resumen puede ser el siguiente: en todos los relatos

 no se formulan razones evasivas para enfrentar la realidad (realismo);

cada uno está siempre frente a sus responsabilidades personales que debe asumir (libertad);

se reconoce las jerarquías y su importancia en el acontecer de la comunidad humana (comunitarismo);

se reconoce un plano trascendente a la temporalidad, que se respeta en su contenido específico personal (religiosidad);

se pone en evidencia un plano “misterioso” de la realidad, que escapa no sólo al entendimiento humano sino a su capacidad operativa (providencia);

deja claro el hecho de que cada uno tenga lo que es justo de acuerdo a su naturaleza y su respuesta personal (justicia);

realza la importancia de lo ordinario (sencillez);

hace notar la existencia de “raíces” en la historia personal, señal de humanidad (tradición);

muestra la centralidad de la conciencia personal como eje vertebrador de los contenidos morales de la conducta humana (responsabilidad); 

otorga racionalidad al problema del mal, señalando su existencia sempiterna; así como la supremacía del bien frente a ese mal, ya que este existe eternamente (planos de la realidad);

promueve la solidaridad, la sociabilidad, como forma humana de conseguir la perfección de la naturaleza; y acusa la autarquía, la insociabilidad y el individualismo como peligros graves;



describe la condición humana graficándola según órdenes de ser:

 - se es hombre      (se le ha dado el cuidado de los demás)

- se es hobbit        (se le ha dado las habilidades esenciales para la pacífica vida en Arda)

- se es elfo            (se le ha dado la posibilidad de trascender esas habilidades naturales)

- se es enano          (se le ha dado las raíces de la tierra)

- se es Valar           (se le ha dado el destino de Arda)

- no se es ainur     (o maiar) pues estos están más allá de Arda

- no se es orco      pues constituyen la perversión de lo humano

- no se es ent        pues constituyen la pura naturaleza (en sentido ecologista)

Se trata de un buen comienzo, a mi parecer.