
Con las brumas, la espera se hace codiciosa. Lentamente se despeja el camino y hacia la media tarde aparece el legado. No lleva prisa. Pero se entiende que tiene algo que decir. Sonríe. Hace ademán de continuar pero se detiene y con un gesto me invita a dialogar. No decimos mucho, pero hablamos de mañana. Siempre que se conversa de lo que vendrá -tengo esa sospecha metida en el alma- se sueña con lo que no se dijo. El legado no tiene prisa. Me adiestra en el arte de esperar. La tarde va cayendo. Hemos caminado mucho pero sin cansarnos. Ciertamente él no se cansa pero podría. En cuanto a mí, si no siento el paso de las horas y su esfuerzo es por su presencia. Pero ni siquiera lo pienso.
Cuando llega la puesta de sol, el legado se despide a su modo. Sonríe, finge que se sienta y alza el vuelo. Como un puño, el corazón siente que debe pedir la próxima cita. Espera pacientemente a que la mañana facilite la serenidad. El sol comprende. La arena se ha puesto más dócil. Camino.




